viernes, 25 de enero de 2013

El jinete del dragón

El Jinete del Dragón miró a un lado y a otro por debajo de la cimera de su casco, mientras su montura, encaramada en el risco, olfateaba en el fresco aire de la mañana. Hacía muy poco que había amanecido y la dorada luz del sol se desplegaba como un manto por la tierra que se extendía bajo sus pies, como si de un mapa se tratara. Las oscuras sombras iban dando paso lentamente a las siluetas de árboles, hombres y tiendas de campaña del campamento que despertaba allá abajo entre la niebla. Las enseñas del Duque permanecían flácidas y apagadas sin viento que las agitara.

—Hoy habrá batalla. Se puede sentir en el ambiente desde la distancia -dijo el caballero con la voz apagada por el pesado yelmo que le cubría la cabeza.

El dragón meneó la cabeza por toda respuesta. También él lo había sentido en lo más profundo de su ser, con la milenaria intuición que había heredado de su larga y noble estirpe. La llamada de la sangre era demasiado poderosa como para ignorarla y prendía en su ser como el fuego prende en la yesca seca. Hoy habría batalla.


El caballero miró unos instantes en dirección al naciente sol y rememoró los días en los que todo había sido más sencillo y amable. Recordó su casa, sus tierras, el antiguo honor familiar ahora desaparecido y a la joven de rubios cabellos y cálida sonrisa que había sido su único amor. Suspiró y su aliento formó pequeñas nubes de vapor que se deshicieron en el aire. A lo lejos, las sombras de otros jinetes del cielo se recortaron contra el dorado disco del sol.



—Es ya la hora —Asintió, mientras miraba al este haciendo sombra con la mano sobre su rostro.


Por su mente desfilaron fugazmente los rostros de todos aquellos a los que había perdido en lo que ahora parecía casi una eternidad, condenados a la muerte y al vacío por la guerra. Se encomendó a esos pensamientos y ordenó al dragón que emprendiera el vuelo.


Jinete y montura desaparecieron en la bruma mucho más abajo en busca de otros jinetes del cielo,  mientras la batalla comenzaba en el valle...



(Dedicado a aquellos alumnos de 2ºESO, que supieron cuidar de este dragón pintado con tiza en una pizarra durante todo un curso, respetando y retocando la imagen muchas veces. Ellos son los verdaderos Guardianes de los Dragones)

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