sábado, 7 de septiembre de 2013

La muerte de un Juez

Megacity I

Autopista 3743, cuarenta carriles de enloquecida circulación a cuatrocientos kilómetros por hora. Lo normal en ese distrito, conocido vulgarmente como "La habichuela"

El Juez Morgan aceleró su motocicleta para adelantar al pesado robocamión que circulaba en automático hacia algún lejano destino que sólo sus circuitos conocían. Morgan comprobó que el adelantamiento fuera efectuado con precisión por el cerebro cibernético de la motocicleta, actualizado esa misma mañana y asintió  dentro de su casco de juez.

Hoy había recibido la notificación de la resolución favorable a su último expediente disciplinario. El ordenador central había cifrado su índice de mala conducta del 11% al 6% al demostrarse que la víctima de la última detención estaba bien armada y no se trataba de un indefenso ciudadano como había parecido en un principio. Así pues, hoy era un buen día...

El aviso de la central restalló en su comunicador como una bofetada. Al parecer, un transporte pesado avanzaba sin control por esa misma vía y el conductor intentaba burlar la persecución por parte del juez que había hecho la llamada de emergencia.

Respondió con un lacónico “Okay central, voy para allá” y aceleró para acudir en apoyo de su compañero, mientras ordenaba por el micrófono a Control que restringiera el tráfico en aquel tramo para evitar accidentes.

A lo lejos, distinguió la motocicleta del otro Juez yendo a la zaga de un imponente transporte. De la portezuela del vehículo surgió un fogonazo y el tableteo de las armas automáticas le llegó a través de los auriculares del casco. Los ocupantes no eran, definitivamente, ciudadanos indefensos. Eran criminales.

Su compañero abrió fuego con los cañones de su motocicleta, a la vez que Morgan adelantaba al camión conminando a sus tripulantes a que detuvieran el vehículo y se rindieran. Ni caso. Lógico…

La catástrofe se desencadenó cuando el conductor de un transporte que iba más adelante cargado con los niños de un hospital infantil se asustaba y perdía el control de su vehículo. Morgan avisó a Central del incidente y volvió a solicitar el cierre del tráfico en este sector de la autopista. Ni caso. Maldita sobrecarga de línea…

Se produjo un intercambio de disparos entre el Juez que iba en persecución y los criminales del camión. Algunos de los proyectiles de grueso calibre impactaron en el transporte del hospital y los mamparos del vehículo cedieron, dejando caer al asfalto su preciada carga. Más adelante, media docena de cajas-cuna con pequeños ciudadanos a bordo rebotaban contra la calzada en trayectoria de colisión. A la desesperada, el cerebro electrónico de la motocicleta, actualizado esa misma mañana, efectuó las maniobras de esquiva con la precisión que sólo una máquina puede tener y el juez sorteó milagrosamente las cajas sin dañar a sus ocupantes.

Solicitó refuerzos por radio y aceleró nuevamente. Aquello estaba durando demasiado. Se situó a la par que el camión y puso su moto en automático para saltar al vehículo en marcha.

Y aquí se acabó la suerte del agente, pues su motocicleta, quizá por un último y perverso fallo de software, dio un brusco quiebro y arrojó a Morgan a la carretera. Su rodilla se hizo mil pedazos contra el duro pavimento al tiempo que moto y camión se perdían en la lejanía.

Cojeando, el juez intentó ganar la seguridad de la cuneta, a tan sólo tres carriles de distancia, mas no tuvo ninguna oportunidad frente al febril tráfico de Megacity I. Su cuerpo fue rebotando de vehículo en vehículo hasta caer como un muñeco roto en el arcén de la vía.

La oscuridad se fue aposentando lentamente sobre el resquebrajado visor del casco mientras uno de sus compañeros le practicaba los primeros auxilios en un fútil intento de arrebatarlo de las garras de la muerte. Por los auriculares le llegaba la noticia de que los refuerzos habían rescatado a una veintena de niños del camión-hospital. Dentro de la anestesiante quietud del yelmo, Morgan sonrió por primera vez desde hacía años y expiró. Decididamente, había sido un buen día.

Aún hoy, en ese punto de la autopista, una chapa conmemorativa se recalienta al sol del mediodía, señalando el lugar donde cayó el Juez Morgan. Es una más, entre las decenas que salpican las vías de Megacity I, colocadas para recordar la caída de un agente en acto de servicio a una población en progresión geométrica, una población aturdida que los desprecia y necesita a la vez, sin saber a ciencia cierta hacia dónde se dirigen sus pasos en la centuria posterior al apocalipsis nuclear.


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Y esta es la historia de otro personaje que muerde el polvo en el delirante mundo presentado en el universo de Juez Dredd. Hacía mucho que no escribía en el blog y este relato estaba guardado manuscrito en el cajón desde hace semanas. No ha sido un personaje muy duradero, comparado con otros, pero su existencia ha sido larga para los estándares que se manejan en este juego de acción y creo que merecía un lugar en "Con pluma y pixel". Dado que el blog ha crecido y madurado un poco desde sus inicios, en un futuro pienso inaugurar una sección con este tipo de relatos por puro divertimento.


Nos leemos...



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