3 de julio de 2014

La leyenda del héroe de la chatarra (relato)

Relato introductorio de uno de los personajes creados para Guild Wars 2. Se trata de Ark, un ingeniero de asedio de la raza Charr. El relato en sí no tuvo más continuaciones, pero ha tenido más de mil visitas desde su creación en el foro de Guild Wars Online 2, así que a fecha de hoy sigue siendo un pequeño motivo de satisfacción para mí. 





El ingeniero de la Legión de Hierro estaba sentado en el fahrar rodeado de curiosos cachorros de ojos sagaces y colas inquietas.

- ¿Por qué le llaman el "héroe de la Chatarra? - dijo uno de ellos, un mocoso de pelaje atigrado con un brazo entablillado -

- ¡ Buah! ¡ Menuda heroicidad estar en la chatarra ! - dijo otro, más avispado con una espada de madera a la espalda - ¡ Mi padre sí que es un héroe de verdad !

- ¡ No es cierto! ¡ No es cierto ! - dijo un tercero- ¡ Tu papá es menos heroico que mi papá !

- ¡ Y tú que sabes ! - respondió el de la espada mientras intentaba desenfundarla sin lograr más que girar sobre si mismo de un modo ridículo - ¡ Te vas a enterar...! ¡ Soy un soldado de la "lengión" de sangre como mi papá !

- ¿Ah sí? ¡ Yo sí que te voy a hacer sangrar !

- Si pero.. - prosiguió el cachorro atigrado, como si nada - ¿por qué le llaman el "Héroe de la Chatarra"?

- ¡ Niños ! ¡ Niños ! ¡ Dejad de vapuelaros por un momento y atendedme un instante!. Os voy a contar por qué me llaman el "Héroe de la Chatarra " si me dejáis hacerlo...¡ Y si no lo hacéis, yo mismo sacudiré vuestros penosos traseros hasta que no podáis sentaros en una semana ! -dijo el adulto haciendo ademán de cumplir sus amenazas.


Los cachorros dejaron de pelear, se sentaron sobre los cuartos traseros y, sin dejar de mirarse de reojo unos a otros, escucharon lo que el veterano ingeniero tenía que contarles:

"Aquella mañana todo parecía que iba a ir como de costumbre en la chatarrería de los Campos del Humo. Había que ordenar las herramientas, recoger un montón de pernos y desguazar un carro de guerra de la Legión de Hierro que ya no servía para nada, salvo para ser fundido de nuevo en gruesas láminas de metal. Iba a ser un día tranquilo para un charr sin familia como yo, en el último escalón de la estructura de la Legión de Hierro. Nada más lejos de la realidad, como comprobaría más tarde.

Todo comenzó cuando el pequeño Remache, el jovenzuelo encargado de recoger la tornillería creyó oír algo. En principio, no le hicimos caso. A fin de cuentas, en la chatarrería hay mucho ruido siempre y el aire está impregnado de olores que embotan el olfato, por lo cual no es extraño percibir cosas que no existen en la realidad. Sin embargo, esta vez el condenado mocoso tuvo razón.

Los esbirros de la Legión de la Llama irrumpieron en la chatarrería sin que nos diéramos cuenta de lo que ocurría hasta que los tuvimos encima. Eran una veintena y venían dispuestos a todo con tal de apoderarse del carro de guerra, enfundados en sus armaduras de brillante color rojo y empuñando afilados mandobles. Para cuando quisimos reaccionar, ya los teníamos encima y teníamos que luchar por nuestros miserables pellejos. Algunos de los muchachos encontraron la muerte aquel día en el desguace mientras trataban de defenderse con las garras desnudas frente al acero de los cuchillos del enemigo.

Por suerte, yo estaba todavía trabajando en el taller cuando estalló el enfrentamiento y por eso no repararon en mi presencia hasta que uno de ellos entró en el almacén persiguiendo a Remache. Agarré lo primero que tenía a mano, una llave de ajuste de las largas, y le hundí el cráneo al de la Llama. Después, viendo que la situación era desesperada, salí del taller con la intención de vender caro mi pelaje a esos malnacidos. Entonces reparé en el carro de guerra y recordé que estaba sin desmontar.

Trepé al vehículo como pude y me colé en la cabina de mando. Los asientos habían sido retirados, pero los mandos del incinerador no. Y nadie había quitado el combustible todavía...

Prendí el enorme lanzallamas del carro y disparé un gran chorro de llamas por encima de las cabezas de los atacantes a modo de advertencia quemando algunos pelajes en el proceso, tanto suyos como nuestros. Lo bueno de trabajar en la chatarrería es que usas ropajes de cuero muy grueso, reforzado en varias capas para evitar desagradables cortes cuando manipulas los hierros, así que nuestros chicos resistieron esta andanada un poco mejor que los de la Llama con sus lustrosas armaduras de batalla. Se enfurecieron muchísimo y decidieron un asalto frontal contra el carro, a la desesperada. Grave error por su parte. Haciendo girar los cañones con la ayuda de Remache, dirigimos las boquillas del incinerador sobre los enfurecidos invasores mientras nuestros muchachos se quitaban de en medio como mejor podían.

Pronto terminó la reyerta y el aire olía a una mezcla de barbacoa y aceite industrial quemado. Los de la Legión de la Llama, no haciendo honor a su nombre, huyeron del fuego dejando atrás los despojos de sus compañeros menos afortunados y yo emergí del tanque bajo las aclamaciones de los míos, con el pellejo chamuscado por el calor y una sonrisa en mis labios.

Desde entonces, recibí el apodo de Llamaviva y tanto el pequeño Remache como yo mismo fuimos ascendidos de categoría, dejando el trabajo en la chatarra para ir a los Talleres de la Legión de Hierro en la Ciudadela Negra.

Ciertamente, había sido un día extraño y yo había sido el Héroe de la Chatarra. Al menos, por un día."

 -El Cronista de Ascalon -

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