sábado, 16 de agosto de 2014

¿Por qué escribimos?

Y tú, ¿por qué escribes?

(imagen de todopaisajes.com)
Esa es la pregunta del millón, hecha hasta el hartazgo por conocidos cuando se enteran de la afición cuasi-alienígena que su interlocutor tiene. No lo hacen con malicia, al menos, no con el tipo de malicia que deja caer perlas del estilo "Te aburres mucho, ¿no?" en medio de la conversación, como si se tratara de bombas de aviación en medio de un campo de batalla y con casi idénticos resultados. No. Se trata de simple curiosidad, como la que se tiene por algo que nos extraña o por algo que nos inquieta de algún modo.

En cualquier caso, la pregunta en cuestión sigue siendo la misma. ¿Para qué escribes?

La respuesta no es sencilla, sobre todo cuando el que se la hace es el propio autor de la misma. Pero la pulsión, si es que se puede llamar así, está ahí en algunas personas. Las musas llegan de improviso, con su bagaje de ideas acumuladas en desorden y súbitamente descargan su contenido en tu cerebro sin pedir permisos, sin miramientos, no importa lo que uno esté haciendo ni pensando. Simplemente, llegan, descargan y se van, como una nube de tormenta. Y es entonces cuando el pobre escritor debe colocar tantos cubos y palanganas como crea necesario para recoger la mayor cantidad posible de esas preciosas gotas de lluvia, con el objetivo de almacenarlas en un aljibe antes de que el calor del sol las evapore para siempre.
 De ese aljibe dispondrá provisión de agua fresca para mucho tiempo, si la sabe administrar con prudencia y buen tino, llenando páginas y rincones de personajes y tramas, de situaciones y desenlaces.


¿Por qué escribimos? Para darle un buen uso al aljibe. Que luego te lean o no, es otra cuestión aparte, pues el escritor da fruto porque no puede evitarlo, como los árboles frutales de un huerto. Simplemente, ocurre llegado el momento y ya está.

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