sábado, 9 de mayo de 2015

En serie

Ayer tuve una experiencia de esas que te hacen pensar:

Me encuentro en un conocido parque de atracciones. Mis alumnos, encantados con la idea de pasar todo el día trotando en libertad como potrillos desbocados, hace tiempo que me han dejado solo. Bueno, solo, lo que se dice solo, no. Disfruto de la compañía de dos excelentes compañeras de trabajo, con las cuales me he embarcado en la aventura de una excursión por esos mundos de Dios.

A pesar de que ya he visto este sitio un buen puñado de veces y poco de lo que vaya a encontrar me va a pillar de nuevas, siempre hay algo que varía la escena y que te hace incorporar el dato a los bancos de memoria para cuando sea necesaria su utilización.

Llega la hora de comer y, mirando las posibilidades nos decantamos por una hamburguesa de las que vienen incluidas en la entrada al parque. Solicito nuestro pedido y las cajitas con la comida surgen desde detrás del mostrador. La facilidad con la que descienden por su rampa, todas iguales y con la misma cantidad, hace saltar algunas alarmas en mi cerebro agotado, pero estoy demasiado cansado como para reaccionar. Ya sentados a la mesa, abro la cajita misteriosa y me encuentro con una hamburguesa prefabricada, de aspecto impoluto, que resulta no saber absolutamente a nada. Me fijo en las demás y todas parecen las cápsulas de desembarco de una extraña especie alienígena cuyos individuos son clones unos de otros. 

Evidentemente, hay razones comerciales de peso para que esto sea así, pues el producto debe ser igual para todos los clientes y todo debe ser igualmente aséptico para que cumpla los mismos estándares de calidad sea donde sea que un cliente pida esa hamburguesa. Sin embargo, eso no me tranquiliza. En absoluto. En el fondo, me pone triste porque pienso en lo poco que me gustan las cosas así, todas en serie, y me imagino estar en un comedor comunitario diseñado por George Orwell.

Ahora, una vez que mis neuronas han retomado su ritmo habitual, veo lo que la faltaba a a esa hamburguesa, que es lo mismo que les pasa a muchos libros y algunas partidas de rol: le faltaba pasión, le faltaba vida y sabor propio. El cariño por lo hecho con dedicación, sacrificado en aras de las necesidades de la producción en masa, en un proceso que mata lo realmente genuino.

Pienso en todas esas historias y tramas hechas en serie, todas iguales, todas perfectas, todas de escaparate. No hay diferencias entre unas y otras, no hay pasión por parte de sus autores, ni ganas por hacer que se diferencien unas de otras. Lo que importa es el ritmo de producción, lo cual me hace recordar que algunos afirman escribir "uno o dos libros por mes" y evoca en mi mente la imagen de las hamburguesas que se deslizan por la rampa desde la cocina como si fueran un río.

Se que he llegado tarde, que el tren de la escritura ha partido y que debo correr bastante para alcanzarlo, pero también se que no sacrificaré lo que la edad me ha ido enseñando por selección natural, esto es, que las prisas son muy malas. Las ideas deben madurar, deben ser pulidas y revisadas y los textos, también. Hacer muchos relatos o guiones de mala calidad es como hacer comida rápida en serie. Todo sabe igual y todo es aburrido. Y el cliente se da cuenta de ello si no tiene averiadas las papilas gustativas.

Nunca diré "de este agua no he de beber", pero espero no ser nunca tan anodino en mi carrera literaria, aun con el riesgo de no alcanzar ni la fama ni el reconocimiento debido a una presunta baja producción. Escribir por placer y por gusto, unas veces mejor que otras, sin perder nunca la pasión y la frescura, son mis objetivos principales en estos momentos y a ellos voy a ceñirme.

Todo lo demás, no es más que dar pasos hacia escalofriantes mundos distópicos donde todo es hecho en serie y todo sabe igual. Espero no equivocarme.





(Fuente de la imagen: Photorack ( http://photorack.net/)

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Los comentarios están sujetos a moderación por parte del administrador. Te rogamos que tengas un poco de paciencia.

Entrada destacada

Hablemos de librojuegos