domingo, 27 de diciembre de 2015

Cuentos de hadas

Caminando por el Parque González Gallarza, en Logroño, mi atribulada cabeza deja de procesar sueños y personajes y hace que gire la vista hacia un árbol en particular. Este parque me ha acompañado desde mi más tierna infancia y ya sabía lo que iba a encontrar en aquel árbol muerto hace mucho tiempo, pero no sé si es la luz de la mañana o el ángulo que trazan los rayos de tímido sol matinal, pero el caso es que una fuerza invisible me ha obligado a detenerme y alzar el rostro hacia su tronco tallado.

El artista, cuyo nombre desconozco porque soy muy despistado, ha cubierto al superficie de la madera con motivos feéricos, con tanta destreza que casi me parece haber sido transportado a un mundo onírico lleno de antigua belleza, quizá debido a un extraño sortilegio.

En cualquier caso, siento el impulso de sacarle una foto y guardarla en el móvil, para cuando el mundo me parezca más oscuro y triste, sin duda dominado por entes que solo piensan en si mismos, un mundo de divisiones, de tuits llenos de odio entre personas que no se conocen pero que votan a otros que sí se conocen, de defensores a ultranza de sus ideas, aunque sea a costa de las buenas maneras, porque odiar en las redes sociales es gratis y no nos importa herir sensibilidades ni pasar por encima de la buena gente de este país.

Este árbol se me antoja que es una isla, situada en medio de un mundo que ha caído bajo el influjo de alguna Corte Oscura, el lado oscuro de los reinos feéricos, cuyas hordas avanzan sigilosas para aniquilar a las del otro lado, ignorantes de que sin unas no pueden existir las otras. El desequilibrio es un triste destino para cualquier mundo que nos inventemos y cada luz tendrá su sombra correspondiente. Es inevitable.

Y ahora, si habéis seguido leyendo hasta aquí, seguid con vuestras disputas y diferencias, nacionalistas, españolistas, derechas, izquierdas y demás fauna que os habéis inventado para trazar una línea y poneros en el lado adecuado, pues el camino pasa por borrar esa línea. Seguid, pues, en el país de las hadas, que yo solo soy un insignificante proyecto de escritor de fantasía.


Imagen: «El árbol de las hadas», por Francisco Tapia

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