viernes, 22 de abril de 2016

Aprovechar el tiempo es vivir el doble

Reloj de pared
A menudo me preguntan que de dónde saco tiempo para escribir. A menudo, la respuesta habitual suele ser una versión de «bueno, te sientas y ya está», cosa que no suele convencer a nadie pero que, irónicamente, resulta ser la pura verdad.

Una de las labores que tiene que hacer un escritor, ya sea para terminar una novela, un cuento o un guion para un juego de rol, es precisamente eso, escribir. Y la labor de escribir no es de las más fáciles de acometer cuando no se dan las circunstancias adecuadas, que no son otras que las que favorecen la creatividad. Más veces de las deseables, esas circunstancias no resultan ser las óptimas, dado el estilo de vida que llevamos, siempre con prisas y siempre corriendo por llegar a todo y a todos.

Sin embargo, hay que escribir todos los días si queremos lograr unos resultados aceptables a largo plazo. Y para ello es necesario estar hecho de una pasta especial, de esa que se queda pegada a las paredes, ya sea con lluvia o con sol. Desde que me enteré de que hay cementos que fraguan en todas las condiciones, incluso debajo del agua, no se me ocurre un símil mejor para describir a alguien capaz de sentarse y juntar unas letras en cualquier momento y con cierto grado de coherencia. Y lo mismo sirve para cualquier otra cosa que requiera un mínimo de constancia, ya sea un arte (diferente de la escritura), un deporte o superar un examen, por poner algunos ejemplos. Para todas ellas, es necesario saber aprovechar el tiempo.

Aprovechar el tiempo es todo un arte en si mismo, una manera de entender la vida que requiere de buenas dosis de paciencia y disciplina, pero que da sus frutos si nuestros esfuerzos logran superar con éxito todas las vicisitudes que nos impedirán llegar hasta nuestro destino final.

Cómo lo hago yo.

Lo primero que necesito es un lugar para la «escritura de vaciado». Como ya comenté en esta entrada, las musas son unas damas muy esquivas y llegan cuando uno menos se lo espera, que suele ser además el menos indicado: conduciendo, estudiando, pagando en el supermercado y cosas así. Esto tiene más que ver con el funcionamiento de nuestro cerebro que con la mitología en sí, pero como símil nos sirve perfectamente.

Libreta con boligrafo y una correa.Es necesario tomar nota de nuestras ideas cuando se nos ocurren. Antes siempre llevaba una libretita y un boli pequeño, ridículamente pequeño, en el bolsillo. Ahora, la tecnología acude en mi rescate y me brinda nuevas oportunidades: llevo un móvil y anoto en él cualquier pequeño detalle que se me ocurre, de forma rápida, a modo del cuaderno de bocetos de un artista. Con este «cazamariposas», no hay musa que se resista.

La siguente medida es tener un horario bien establecido, para lo cual es necesaria una buena dosis de autoconocimiento, que solo se puede obtener si nos dedicamos a estudiarnos, comprendernos y aceptarnos tal y como somos. Evidentemente, la sociedad moderna, la de los Hombres Grises, es contraria a este tipo de doctrinas, la cuales considera una pérdida de tiempo y nos facilita las cosas ofreciéndonos toda una pléyade de soluciones prefabricadas, listas para calentar y servir. Nada más lejos de la realidad, ya que el autoconocimiento parte de la dedicación a uno mismo, de conocerse lo suficientemente bien como para aceptarse en todos los aspectos de la vida, especialmente en los negativos. Y para ello, además de un tiempo personal, se requiere querer realmente hacerlo.

Un método puede ser sentarse en un lugar tranquilo, con un folio en blanco y hacer una línea que divida la hoja en dos mitades. En una de ella pondremos nuestras virtudes y en la otra nuestros defectos. A partir de ahí, lo que toca es sacar conclusiones…

En lo que nos ocupa, conocer cuáles son las horas del día a las que podemos sentirnos intelectualmente más activos y que coincidan con un periodo libre de nuestras obligaciones personales, es fundamental para confeccionar un horario de trabajo creativo con ciertos visos de realidad. Después, hay que cruzar esos datos con los impuestos por todas nuestras tareas diarias y sacaremos los huecos disponibles, dentro de un límite razonable.

La tercera fase es de pura cabezonería: hay que respetar esos momentos para lo que fueron ideados, es decir, para escribir. De nada sirve tener un horario establecido si, a la hora de la verdad, nos hacemos los remolones y los ocupamos en otras cosas, normalmente en perder el tiempo. La pereza o la desgana pueden aparecer puntualmente en nuestra rutina diaria, pero no deberían ser la norma. Es más, cuando aparecen en el lugar de algo que nos debería apasionar, significa que no todo va como debiera y que tendríamos que analizar nuestras emociones para poder entender lo que nos pasa e intentar solucionarlo.

Podríamos seguir adelante con el tema, pero no puedo dar soluciones prefabricadas para personas a las cuales no conozco tan bien como ellas mismas deberían conocerse. Esto tan solo ha sido una exposición de lo que yo hago, que no tiene por qué valer para todo el mundo. Ahora toca hacer trabajo de desarrollo personal.

Así pues, querido lector, espero que estas líneas te hayan servido para aclarar algunas ideas o, por lo menos, para ponerte en camino de algunas soluciones. Volveremos a tratar más adelante estas cuestiones en otros artículos, aunque creo que ya tienes suficientes deberes por hoy. Te espero la semana que viene en «Con Pluma y Píxel».



Imágenes:
«Time-2», by Marcelo Terraza
«Libreta de apuntes», por Francisco Tapia

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