domingo, 16 de octubre de 2016

¿Matar a un personaje?

Harol Lloyd en «El hombre mosca» (1923)
La muerte de un personaje, siempre marca un antes y un después. Se trata de algo irreversible, al menos en condiciones normales, aunque hay ambientaciones y universos en los cuales esto no es un problema y los finados pueden volver desde el otro lado. Sin embargo, para la mayoría, la muerte es el punto y final.

Últimamente se ha puesto de moda, concretamente en las novelas de fantasía, matar a los personajes a diestro y siniestro para sustituirlos por otros nuevos, de modo que las historias, y la venta de las mismas, no termine nunca. El hecho de utilizar a los personajes como combustible de maquinaria, no deja de ser un burdo intento de prolongar las historias en el tiempo y, sobre todo, de seguir exprimiendo el bolsillo de aquellos que decidieron ser nuestro público. No voy a entrar en la polémica, pero este recurso no deja de parecerme un hijo más de la sociedad de consumo, una manera más de llevar la obsolescencia programada a la narrativa.

Ciertamente, hay historias sangrientas en las que las cosas no se paran por un muerto más o menos y la idea ni siquiera es nueva. Basta con echar un vistazo a cualquier tragedia griega clásica, o a cualquier drama de Shakespeare, para encontrar montones de personajes muertos. La diferencia con lo comentado más arriba es que ese tipo de obras respondía a una necesidad colectiva, denominada catarsis, presente en los grupos humanos desde los inicios. La base de la misma es una compleja mezcla de química y psicología, de la cual no vamos a ocuparnos aquí, pues el interés de este artículo no es otro que el de aportar algunas soluciones alternativas a la muerte, tales como:

1) Daños no letales: el personaje queda herido o dañado, física o espiritualmente, de modo que su manera de enfrentarse a los retos que le depare el futuro tendrá que ser muy diferente. A todo el mundo le gustan las historias de superación personal así que, ¿por qué no les damos una de esas a nuestros héroes?

2) Pérdida de la libertad: todos valoramos la libertad, y más la de nuestros héroes de ficción. Capturar a uno de los protagonistas, sobre todo si es muy carismático, puede suponer un giro de argumento importante en la narración y una oportunidad de renovar el interés en la misma.

3) Daños colaterales: esta tiene lugar cuando el protagonista tiene allegados y familiares. Después de todo, quizá no fuera buena idea traicionar a aquellos mafiosos, especialmente a sabiendas de que podrían tomar represalias con sus seres queridos...

4) Cambio de los objetivos: el personaje fracasa en la consecución de un objetivo principal y, a consecuencia de ello, los términos de la misma cambian. Puede que ahora sea la misión sea más difícil, que tenga que derrotar a más enemigos o que deba demostrar ante sus superiores que todavía pueden confiar en él. En cualquier caso, todavía tiene una salida antes del estrepitoso fracaso final.

5) Fugitivo: el fracaso del personaje viene acompañado por un exilio forzoso. De nuevo, esta es la base de múltiples historias basadas en héroes (y villanos) vengadores arquetípicos y, aunque no es nada nueva, todavía sigue dando buenos resultados si es hilada por un narrador con cierto grado de habilidad.

6) Éxito parcial: aunque no se consiguieron los objetivos principales, sí que se alcanzaron los secundarios. El protagonista sale ileso (o no) de su azarosa experiencia pero se queda con la sensación de no haber estado a la altura de las circunstancias. Una variante consiste en que, además, queda en entredicho delante de sus superiores o sus conocidos, que esperaban algo mas de él. De nuevo, la historia del héroe que buscaba ser ratificado sale a la luz, pero no deja de ser una buena historia.

Existen múltiples variantes de estos cinco casos, que pueden darse de modo simultáneo o no. En todos ellos, conviene recordar que la virtud reside en la justa medida, de modo que mi consejo es no abusar de los mismos recursos y sobre un mismo personaje, a riesgo de caer en los peores defectos del folletín. Dice un refrán que «Tanto va el cántaro a la fuente que al final se rompe», lo que quiere decir que si nuestro protagonista se ve inmerso una y otra vez en peligros de los cuales logra escapar casi de milagro, es más que probable que el siguiente bache en el camino sea el que lo mande definitivamente al cementerio, eso sí, de una manera elegante y digna de recordar.

Y, por esta semana, ya está bien. 
Nos leemos...

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