viernes, 4 de noviembre de 2016

¡Cuéntame un cuento!

Pequeños padawans en la escuela de Jedis


—Oh, qué cuento más bonito —dijo Ciri, apretándose contra el brujo aún más—. Cuenta, qué hizo el gato...
—Ajá —susurró desde el otro lado Braenn—, ¿qué hizo el gato?

El brujo volvió la cabeza. Los ojos de la dríada brillaban, los labios los tenía medio abiertos y pasaba la lengua por ellos. Por supuesto, pensó. Las dríadas pequeñas están sedientas de cuentos. Como los brujos pequeños. Porque a las unas y a los otros raramente les cuenta alguien un cuento antes de irse a dormir.
(Andrzej Sapkovski, "La espada del destino")

Todo narrador de historias tiene que esforzarse por ser muy bueno para mantener a la audiencia pendiente de un hilo. Desde la antigüedad, el poder de la narración ha cautivado a los auditorios alrededor de las hogueras y ha sido utilizado para transmitir informaciones y enseñanzas de una manera oral. Ejemplos de ello son las leyendas populares y, a otra escala, las enseñanzas de grandes maestros que nunca dejaron nada escrito, tales como Sócrates, Buda o el propio Jesucristo, por citar algunos de los más conocidos.

El poder de la narrativa tiene algo de hipnótico, un toque atávico venido desde los primeros albores de la humanidad, cuando la tribu entera se apiñaba alrededor de la hoguera a escuchar las historias del día, con los ojos brillantes y los labios entreabiertos, imaginando y soñando.

Como educador que soy, veo que a nuestros preadolescentes y adolescentes les brillan los ojos cuando les contamos historias en el aula, como si tuvieran esa sed de historias de las dríadas de Sapkovsky. En una sociedad dominada por el mercantilismo y la utilidad, marcada por la producción en serie y el consumo sin medida, nuestros niños siguen vibrando con los cuentos y los relatos como aquellos pilluelos reunidos alrededor de la hoguera en los primeros tiempos. Tienen sed de historias que los saquen de la rutina y les enseñen cosas. El cuento, la narración en general, tiene un inmenso poder educativo, un poder que como educador-escritor no podía dejar escapar.

Siendo profesor de Ciencias, a mis alumnos les llama mucho la atención que me dedique a escribir y que les cuente una breve historia por las mañanas si hay tiempo para ello. «¡Un cuento!», me dicen, con la sonrisa en los labios y las miradas expectantes. Y, si hay tiempo, me invento uno o tomo prestado cualquier otro que haya leído hace poco, siempre que vaya en consonancia con sus vivencias como grupo (problemas, acosos, amoríos, exámenes, padres y todo lo que ocurre en sus todavía cortas vidas). Después, en la clase, es habitual que deje caer uno o dos nombres, que algunos se afanan en apuntar escrupulosamente en sus cuadernos.

Así, por mi pizarra han desfilado Terry Pratchett y su mundo sobre una tortuga, Isaac Asimov y sus naves espaciales, los elfos y orcos de Tolkien (¡sumar y restar enteros es más divertido cuando +20 elfos se pegan con -15 orcos en un bosque!), Julio Verne (teorías de la Tierra, la ciencia en el siglo diecinueve), Aldous Huxley (genética, sociedad y distopías), Ray Bradbury (temperaturas de ignición, sociedades y distopías) y muchos otros más. 

Y el amor por las historias no solo se queda en las obras escritas, sino que también salen a relucir las películas como la saga de Riddick (Pitch Black, excelente para explicar mundos con varias estrellas), el Planeta de los Simios (evolución tanto biológica como cultural), Harry Potter (la alquimia como predecesora de la ciencia), Avatar (actitud ante la naturaleza, el espíritu de la rebeldía contra la injusticia) y Alien (los seres vivos se adaptan al entorno), por citar algunas.

Nuestros niños, y no tan niños, se sienten atraídos por las historias y, algunos de ellos, incluso toman notas en los márgenes de los cuadernos para buscar determinados libros o ver alguna de las películas. Lo sé porque luego me lo cuentan y, en ocasiones, plantean cuestiones nuevas en el aula que los llevan a buscar los conocimientos más allá. Si eso no es educar, que venga Crom y lo vea...

Por mi parte, seguiré utilizando este talento que me ha sido dado para seguir «contaminando» sus mentes con la curiosidad por conocer el por qué de las cosas y el amor por las historias en general. Mañana, o pasado mañana, alguno me traerá una película o planteará una escena en términos de ciencias (los orcos y elfos ya han sido sustituidos por la Alianza Rebelde y los malvados soldados del Imperio de Star Wars, pero la esencia es la misma) y sabré que habrán logrado penetrar el velo de la narración y descubrir el fondo de verdad que yace debajo de ellas. Sé que no se les olvidarán estas cosas y que ello los motivará para seguir buscando con curiosidad la cual, como dijo Asimov, es el principio de todas las cosas.

Nos leemos la semana que viene.

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