sábado, 21 de enero de 2017

Narrando fantasía: La senda de la guerra (V)

Detalle del «El triunfo de la muerte» de Brueghel el Viejo.
A lo largo de las anteriores entregas de la serie La senda de la guerra hemos tratado de abordar el espinoso asunto de cómo llevar la guerra a nuestros mundos de fantasía para construir con ella historias. Hoy vamos a tratar el último capítulo de esta serie de artículos, esta vez destinado a considerar otra de las cuestiones más delicadas: qué ocurre cuando termina el conflicto.

La finalización de una guerra trae siempre consecuencias para nuestros mundos y, por supuesto, para sus habitantes, en especial para aquellos que la han vivido en primera persona. Ya sea por cualquiera de las razones expuestas en este artículo o por la cercanía o lejanía relativa con respecto al conflicto, lo cierto es que las consecuencias de una guerra son imborrables y van a afectar no solo a sus participantes, sino a la distribución de territorios, señoríos o culturas. Se prolongarán durante décadas, mientras las heridas continúen abiertas y serán más importantes cuanto más haya durado el conflicto bélico. Es evidente que una gran conflagración entre dos imperios rivales no va a tener las mismas repercusiones en el mundo que una guerra entre kobolds por el dominio de una caverna perdida en las profundidades. Mientras que la primera alterará tanto los mapas como las relaciones comerciales de grandes regiones, la segunda pasará desapercibida para los habitantes de la superficie, a menos que la caverna en cuestión tenga alguna importancia estratégica de cara a futuros acontecimientos.

Consecuencias de la guerra ¿y ahora qué?

En función del tipo de guerra, de su duración, de su intensidad,  así como del bando en el que hayan servido nuestros protagonistas, tendremos diferentes desenlaces y repercusiones. Las más importantes son:

1) Cambios políticos: el antiguo señor ha sido derrotado y os nuevos amos tratan de imponer sus leyes o su cultura a una población aterrorizada y cansada. La instauración de la ley marcial en las zonas recién controladas da lugar a una serie de conflictos a menor escala. También hay numerosos «honrados ciudadanos» dispuestos a colaborar con el nuevo régimen y así obtener un puesto de primera fila en los nuevos órganos de gobierno de las ciudades. 

2) Persecuciones: como consecuencia directa del cambio político, los pogromos o persecuciones de aquellos que pertenecieron al bando perdedor serán una triste realidad, especialmente si la guerra fue un conflicto interno o civil. La propaganda política es feroz y la desinformación es la norma, ya que las mentiras son la leña que agitará el fuego purificador de todo lo que represente los perseguidos. De nuevo, muchos «buenos ciudadanos» se ofrecen para colaborar con las autoridades, momento que resultará ideal para saldar viejas cuentas personales o apropiarse de los bienes de aquellos a los que una vez llamaron vecinos.

3) Exiliados: ingentes cantidades de ciudadanos abandonan las ciudades, en busca de una seguridad que esperan encontrar lejos de los vencedores, acarreando consigo toda una vida, en forma de las pocas posesiones que hayan podido rescatar. En ocasiones, si el bando vencedor ha sido magnánimo, se les permitirá alcanzar las fronteras por sus propios medios y abandonar el país. En caso contrario, las persecuciones más encarnizadas se harán contra esta misma población de fugitivos.

4) Reconstrucción: los campos han de ser resembrados y las murallas reconstruidas. Es el comienzo de un nuevo periodo de paz y la sensación de regresar a la normalidad debe alcanzarse cuanto antes, especialmente si el invierno (o la estación equivalente en determinados mundos fantásticos) se aproxima. En dicha reconstrucción intervienen tanto los ciudadanos como los esclavos, muchos de ellos prisioneros de guerra obligados a trabajos forzados. A pesar de todo, las enfermedades y las hambrunas tienen más que garantizada su presencia.

5) Regreso al hogar: la guerra ha terminado, los soldados son licenciados y pueden volver a sus casas. Muchos de los que regresan descubren que deben comenzar de cero, así que las da lo mismo hacerlo como quedarse de colonos en las tierras conquistadas. Otros, en cambio, han terminado acostumbrándose al ritmo de la guerra y no encontrarán más salida que el reenganche o el reclutamiento en compañías de mercenarios o como forajidos. En cualquier caso, sus vidas no volverán a ser las mismas.

6) Compensaciones de guerra: entre las culturas más civilizadas, es posible que se llegue a algún tipo de acuerdo entre los vencedores y los vencidos antes de llegar a la aniquilación total. En este caso, el bando ganador impone sus propias condiciones al de los que se han rendido. En función del tipo de cultura, el grado de civilización, la ambición de sus gobernantes o la duración del conflicto, estas condiciones pueden llegar a ser muy humillantes y hundir al país vencido en un pozo de miseria del que difícilmente logrará levantarse. En este último caso, el germen de revoluciones y alzamientos está más que asegurado, de modo que podría desencadenar una segunda guerra más adelante.

7) Paz duradera: en un mundo de alta fantasía, a menudo las guerras con causadas por la necesidad urgente de enfrentarse a un terrible enemigo, representante de las fuerzas del Mal. Así, si las fuerzas alineadas con el Bien resultan victoriosas, entonces sobreviene una era de paz, ya que el antiguo enemigo ha sido destruido y nunca más volverá a levantarse. Sin embargo, las cosas no siempre son tan simples pues, más a menudo de lo que se cree, la erradicación del mal no es tan exhaustiva como debiera haberlo sido. En este caso, basta con que la llama que anima las brasas no sea apagada del todo y que encuentre el combustible adecuado para volver a resurgir, posiblemente con más fuerza. El ejemplo más claro de esto en la literatura de fantasía es la Guerra del Anillo, de J.R.R. Tolkien.

Estas siete consecuencias no son más que enfoques diferentes de un mismo hecho, que no es otro que la finalización de un conflicto bélico. A menudo aparecen mezcladas unas con otras y siempre están sujetas a variaciones. Así, por ejemplo, los conceptos de Bien y Mal pueden ser intercambiados en el último de los casos, dando lugar a una situación completamente nueva, tanto en contenido como en posibilidades narrativas. El grado en el que queramos que aparezcan estas consecuencias depende del tipo de fantasía sobre el que estemos escribiendo, de modo que el tratamiento de la guerra y de lo que acontece tras ellas será muy diferente.

Hasta aquí hemos llegado con nuestro análisis de la guerra fantástica. Espero que estos consejos te hayan sido de utilidad para desarrollar tramas y mundos con un sabor especial, cuando no único.

En cuanto a la naturaleza de la guerra en sí, quiero recalcar que en ningún momento se ha hecho apología de la misma. La guerra es una calamidad terrible, tal y como estamos viendo estos días en los medios de comunicación, y quizá solo debiera quedarse en el mundo de los sueños y las pesadillas.

«Solo le pido a Dios,
que la guerra no me sea indiferente.
Es un monstruo grande y pisa fuerte,
toda la pobre inocencia de la gente».
(«Solo le pido a Dios», León Gieco, 1978)

Y con esto, ya me despido. Hasta la semana que viene. Nos leemos...

Si te ha gustado este artículo, ¡compártelo!



Imagen: detalle de «El triunfo de la muerte», de Brueghel el Viejo (Museo del Prado, Madrid)

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Los comentarios están sujetos a moderación por parte del administrador. Te rogamos que tengas un poco de paciencia.

Entrada destacada

Hablemos de librojuegos