sábado, 28 de octubre de 2017

Técnicas de narración: ¡Pon tus descripciones a dieta!

Abdómenes con sobrepeso

«Donde el santo edifica una iglesia, el diablo pone una capilla», dice la sabiduría popular.

Imagínate que has tenido una idea estupenda, de esas que podrían inspirar una serie titulada «Trono de Juegos» y que decides contársela a alguien. Puede que entonces quieras ponerla por escrito en un blog, en wattpad o incluso (¡tachán!) en un libro publicado en la amazonia y creas que eres como Stephen King y J.K. Rowling juntos, pero mejorados. O puede que decidas llevarla al terreno de los juegos de rol y quieras sorprender a tu grupo de jugadores con «la quintaesencia del relato fantástico interactivo, una experiencia en 3D». En cualquier caso, te pones a escribir lo que será el relato del siglo, para lo cual te recetas una dosis de diccionario cada ocho horas, después de las comidas. Llega el día del «estreno» y te encuentras con que tu público no entiende ni jota de lo que dices o que se pierde en tus excelentes descripciones. ¿Qué ha ocurrido?


Mi querido padawan, ha ocurrido que tu texto padece de sobrepeso y tiene tantas palabras que no sabes dónde acaba una idea y dónde empieza la siguiente. Aburres a las piedras y, lo que es peor, las piedras se pierden por el camino. Ha llegado la hora de poner a dieta tus textos, así que deja de lloriquear en tu rincón de narrador y haz caso de los siguientes

CONSEJOS PARA PONER A DIETA TUS TEXTOS


1) No seas pedante
Si un pisaverde (traducción: tipo muy cursi, también llamado «lechuguino» o «petimetre») entra en la taberna de un poblacho del oeste y dice «Honrado tabernero, sirve del mejor néctar del que dispongas en tu egregio establecimiento, para mi deleite gustativo», lo más seguro es que salga con los pies por delante o con más de un agujero en su querido pellejo. Evita expresiones como errático, aquiescencia, concretizar y cosas así, o la gente te mirará como si te hubieras sacado una sandía del bolsillo. Salvo que un personaje deba ser así de odioso, no seas pedante o parecerá que hablas en klingon.

2) Huye de las palabras-tren
También se les llama proparoxítonos (¡toma ya!) y son de ese tipo de palabras en las que gastas medio bolígrafo cuando las escribes, y mucha saliva cuando las dices. Su exceso hace más lenta la lectura y el mensaje tarda algo más en ser entendido del todo. Evita (si puedes, que no siempre es posible), la acumulación de esdrújulas en una misma frase para no morir de empacho. Por otro lado, hay que decir que no tiene precio como técnica para decir cosas sin decir nada concreto, como bien saben nuestros queridos políticos...

3) No pongas demasiados adjetivos
Los adjetivos nos describen las cosas, pero a veces corremos el riesgo de acumularlos, como el colesterol en las arterias. El resultado es un exceso de información que sobra por todos lados. Decir que algo es un «terrible desastre» es añadir más peso a lo que estamos diciendo, como si un desastre no fuera algo terrible por definición. Si a eso le sumamos adverbios terminados en «mente», engordados de forma generosa con superlativos, podemos estar diciendo aberraciones como «acertadísimamente cierto» o «incomparablemente simpático». Indigestiones no, por favor, que luego hay que tomar sales de frutas.

4) Evita los tópicos
En lo posible, no utilices expresiones que, de tanto usarlas, son como un billete que ha pasado por demasiadas manos. «Logra un gol de antología», «Ser recibido en olor de multitudes» o «Por la geografía española», son frases muy utilizadas, tanto que ya no nos llaman la atención. Por cierto, la primera acepción de geografía es, según la RAE, «Ciencia que trata de la descripción de la Tierra». El uso de la segunda (Territorio, paisaje) no es que esté mal, pero a mí me parece un poco excesivo. Yo restringiría los tópicos al habla de determinados personajes o a momentos muy puntuales en la narración, pero nada más.

5) No des tantas vueltas
Si puedes decir algo con dos palabras, no lo hagas con cinco. A veces, por evitar el temido punto 2 (sí, ese, el de los proparoxítonos; espera un momento, que me ha dado un calambre en la lengua), alargamos las cosas demasiado. Lo suyo es buscar un equilibrio que no maree la lector con frases más largas que la conocida Ruta 66, esa que cruza los EEUU de lado a lado. Evita cosas como «entró en acción» o «poner en condiciones» y utiliza «intervino» o «acondicionar», por poner dos ejemplos. Salvo que cobres por palabra (como los autores de los Penny Dreadful del siglo diecinueve) o te creas que eres Lovecraft, no hagas esto a tu público. En serio, él nunca lo haría...

6) No te repitas
Repasa tus textos para evitar la repetición de las mismas palabras en una sola frase o párrafo. Eso no solo da sensación de cutrez, sino de un escaso trabajo del texto. Huye de cosas como «Se requería haber cumplido los dieciocho años para poder ser admitido, pero la admisión no se produjo porque no se habían cumplido los requisitos» o tus lectores se pensarán que están leyendo el BOE. Salvo que desees dormir a tu audiencia, no des vueltas. La gente quiere entender lo que les cuentan, no leer (o escuchar) los términos de uso y servicio de un contrato.

Creo que con estos consejillos, lograrás poner a dieta tus textos. Todos los que escribimos o contamos historias hemos caído caemos en estos errores por las prisas, por asimilación (hay mucha contaminación en lo que leemos y escuchamos a diario) o por despiste. Nadie está libre de engordar sus textos sin quererlo y, de hecho, la función de un buen corrector es detectar ese tipo de errores y hacérnoslo saber. Aunque nadie nos va a librar de pisar los charcos del camino, si sabemos dónde están pisaremos menos que si no tenemos ni idea. Espero que estos consejos te sean de utilidad, tanto si escribes por gusto, por dinero, por aburrimiento o si estás planeando sorprender a tus queridos jugadores con una partida de tipo narrativo.

Hasta la semana que viene.
Nos leemos...


Imagen: Abdomens, by Geo Cristian (http://es.freeimages.com)

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