sábado, 17 de febrero de 2018

El día en que me convertí en deudor de mi público

Portada de la antología Navescuela
Como autor, hoy tengo una deuda que pagar con mi público más entusiasta, ese que no supera los trece años y que invade, literalmente, las presentaciones y los talleres que he tenido el gusto de impartir en la ciudad de Logroño.

Es un público exigente a su manera, bromista y juguetón (en serio, uno de ellos apareció con una máscara de mono en una presentación y todavía ignoro el motivo, pero seguro que era divertido), entusiasta hasta límites que podrían ser intolerables para adultos con problemas de nervios y con muchas, muchísimas ganas de hacer cosas nuevas. Es un público con el que hay que saber conectar, lo cual no siempre resulta sencillo.

En Profe, quiero ser escritor, ya dejaba ver un poco por dónde iban los tiros y qué puede uno esperar de una relación tan especial. Hoy vengo a presentar lo que está cristalizando de todo aquello en forma de un proyecto que, aunque con un pequeño retraso de dos meses, viene cargado de ilusión y de mucha, muchísima creatividad.



El proyecto Navescuela

Navescuela surge en diciembre de 2017 como una propuesta de actividad creativa para chicos y chicas que están en esa edad a camino entre la niñez y la adolescencia más rabiosa. La cosa fue así: en mi centro educativo hay un periodo de exámenes finales cada evaluación, los cuales van intercalados con horas de estudio y repaso (y descansos, naturalmente). En esos larguísimos intervalos hay muchas probabilidades de que un alumno se aburra, en especial si ya ha terminado con lo que tenía que hacer, así que les propuse que empezaran a escribir un relato de ciencia ficción, a ver si así vencían al aburrimiento y exploraban nuevos horizontes.

Lo que en principio era un inocente pasatiempo, para algunos se convirtió en una obligación casi sagrada, en la que volcaron muchas de sus energías y que prolongaron durante dos semanas más, pasados ya los exámenes. Antes de las navidades ya tenía en mis manos veintidós relatos de tipo fantástico (escritos a bolígrafo y a lapicero, sobre papel cuadriculado, la pesadilla de todo corrector) y la promesa de editarlos para ellos, junto con uno más (titulado La navescuela) que iría a formar parte de aquella extraña antología. ¡Aunque quisiera, ya no había marcha atrás o correría el riesgo de que me apedreasen!

Así pues, con infinita paciencia, me puse a leerlos y a empezar las primeras correcciones ortotipográficas y de estilo, tarea que no resulta fácil cuando hay numerosos cambios de tiempos verbales, de nombres de personajes, ausencia sistemática de signos de puntuación (en serio, he encontrado frases tan largas que hubiera muerto asfixiado si las hubiera leído en voz alta) y otros errores que cometen aquellos que todavía están aprendiendo, pero que ponen toda la pasión que pueden en lo que hacen.

Ahora que ya he terminado de leerlos y valorarlos, he de decir que la imaginación de nuestros niños no deja de sorprenderme y que me lo he pasado muy bien con cada una de las pequeñas joyas que me han ido dejando. Otra cosa es el concepto de ciencia ficción, que todavía es algo difuso a estas edades, de modo que me he encontrado con una amalgama de relatos de tipo fantástico de toda índole. Así, junto a robots que acaban con el universo, desfilan elfos, hadas, viajeros temporales, agentes secretos, zombis, visitantes de otros mundos, superhéroes e incluso pingüinos espaciales.

Toda esta gentecilla y sus relatos formarán parte de la antología Navescuela, que publicará Con Pluma y Píxel en marzo, una vez que terminen las tareas de pulido y maquetación necesarias para que esta pequeña obra brille con toda la intensidad que se merece. ¡Faltaría más!

Nos leemos.


Imagen: la portada de Navescuela es una propiedad intelectual registrada

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